Junta Central Hermandades de Semana Santa - Torrent

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Bases para una nueva evangelización: La iglesia de la esperanza

En los medios de comunicación se repite hasta la saciedad que la Iglesia está alejada de la realidad del mundo, de los tiempos, del lenguaje y de las costumbres de las gentes. Se anuncian con estadísticas y estudios demoscópicos la crisis y la falta de fieles como de vocaciones sacerdotales. Pero sin dejar de valorar estas cifras y datos, no hay que olvidar que la Iglesia no aparece entre los problemas más graves de los españoles, y sí, por ejemplo, la clase política; para un 20% de la población los políticos son el tercer problema. Por tanto, el problema no es única y exclusivamente de la Iglesia. La cuestión está que en el mundo en el que hoy vivimos se ha instalado un sentimiento de vértigo y riesgo en el que la prisa nos impide reflexionar y valorar lo verdaderamente importante, aquello de lo que no se puede prescindir. Y es ahí donde la Iglesia tiene mucho que decir. A pesar de los ataques que viene sufriendo y que siempre sufrirá, tenemos que decir con humildad, pero con rigor y conocimiento de causa, que la Iglesia está donde nadie quiere estar. ¿Somos conscientes del papel que está ejerciendo la Iglesia en nuestros días, tanto en colegios, comedores sociales, centro de inmigrantes o en prisiones? Y los cristianos, ¿estamos dispuestos a seguir este legado? ¿Hemos comprendido lo que significa entenderse como seguidores de Cristo? ¿Somos y seremos capaces de transmitir y vivir la esperanza que Cristo nos anuncia en estos tiempos que parece diluirse la misma idea de Dios? En definitiva ¿nos convertiremos las cristianos en la voz de los sin voz?

Siendo consciente de la gravedad y la urgencia de todas y cada una de estas cuestiones, Benedicto XVI anunciaba, el 28 de junio del 2010, lo que se convertirá en un día histórico para la Iglesia, para toda la cristiandad y, por ende, para el mundo entero, la creación del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización con un propósito claro y preciso que todos los cristianos tenemos que asumir: ¿cómo transmitir a Dios en la era de Facebook y de la Globalización?¿Cómo anunciar y dar a conocer el evangelio de Jesucristo? ¿Cómo hacer visible nuestra Fe? A juicio del Papa, es uno de los asuntos claves de su pontificado y de la Iglesia actual, como expresa en su último libro Luz del mundo: “La religiosidad tiene que regenerarse de nuevo en este gran contexto y encontrar así nuevas fórmulas de expresión y comprensión”. Y al principio del libro plasma una convicción que es clave para poder responder a las cuestiones anteriores: “Ser cristiano no debe convertirse en algo así como un estrato arcaico que de alguna manera retengo y que vivo en cierta medida de forma paralela a la modernidad. Ser cristiano es en sí mismo algo vivo, algo moderno, que configura y plasma toda mi modernidad y que, en ese sentido, la abraza en toda regla. Aquí se exige una gran lucha espiritual. Eso mismo es lo que he expresado en particular recientemente a través de la fundación de un Consejo Pontificio para la Nueva Evangelización”. Aquí se encuentran los principios y las bases para dicha evangelización, es decir, para poder hablar de Dios en la actualidad: en primer lugar, se requiere de un diálogo constante entre razón y fe, dado que la fe tiene que ser razonable, es decir, nunca puede ir en contra de la razón; en segundo lugar, entre los cristianos tiene que darse una coherencia y una síntesis entre fe y vida, una relación intrínseca entre lo que se dice y lo que se vive. Este es el legado de Jesús, nuestro Salvador, aquel que se dio por todos y cada uno de nosotros en cuerpo y alma, y este ejemplo es a aquello a lo que los cristianos podemos aspirar: estar al servicio del hermano, del prójimo que sufre y está desvalido, a la intemperie, sin condición ni excepción alguna. Por ello, en el nº 101 de la primera encíclica de Pablo VI, la Eclesiam Suam, ya se sugería que todo lo humano incumbe a la Iglesia. En esa atención y vocación de servicio está la verdadera evangelización de los cristianos. Si no lo hacemos estaremos traicionando nuestra propia identidad, convirtiéndonos en lo contrario de aquello que decimos.

 

A pesar de las dificultades y de la complejidad de los tiempos que vivimos, los cristianos tenemos muy fácil presentar y hacer visible nuestra fe porque Dios se ha hecho hombre, se ha transformado en uno de nosotros, en carne y hueso. Jesús es el hermeneuta de Dios, su intérprete por el cual podemos entender y vivir nuestra Fe como verdaderos seguidores de Dios. Sólo así podremos atajar la crisis y el reto de la evangelización. Si mediante la figura de Jesús llegamos a Dios, tenemos que inspirarnos en su vida y en su mensaje que llegaba y calaba en las almas humildes y sencillas. El programa de Jesús se resume en un solo mandamiento, claro y conciso. Si el Antiguo Testamento se centraba en el Amarás a Dios sobre todas las cosas, Jesús entiende que no podemos amar a Dios si no amamos al prójimo. Coloca en el mismo nivel el amor a Dios y el amor al hermano. Esta es su revolución, su órdago que traspasa el corazón de las personas y de la historia universal. No estamos hablando de una contradicción entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, sino que Jesús supone una profundización del Antiguo Testamento a través del Nuevo Testamento. El capítulo 25 de Mateo nos da la guía que la Iglesia y los cristianos tenemos que seguir para dar a conocer a Dios, con valentía y esperanza, con humildad y respeto: “Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino [...] porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui emigrante y me acogisteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, preso y fuisteis a estar conmigo [...] Cuando lo hicisteis con uno de estos, mis pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis”. Los cristianos sólo tenemos una camino para formar parte de la Iglesia y es estando con aquellos que sufren, el sin techo, el inmigrante, el enfermo, el pobre, el preso; todas las personas que no cuentan para la sociedad porque no tienen nada que ofrecer en un mundo donde se es en la medida que se tiene. La Iglesia no tiene otro fin que hacer visibles a todos aquellos que son invisibles. Esta es la única evangelización posible. La Iglesia y los cristianos no están para el aplauso y el reconocimiento de los demás; no están tampoco para la retórica, sino para ser testimonios y testigos de Jesucristo, en una conciencia absoluta de misión y servicio.

 

Vivir con respeto y devoción la Semana Santa va más allá de la mera presencia física en actos y procesiones. Significa seguir los pasos del guía, del sentido primordial de nuestra vida. El evangelio tiene consecuencias públicas. Por ello ni es neutro ni un punto muerto. De ahí que la Fe no pueda vivirse solamente entre las paredes de nuestra casa o de la parroquia. Los cristianos tenemos que transmitir nuestra Fe con el ejemplo y con la convicción de que la Iglesia es la esperanza de que el mal no tiene la última palabra; que el mal no puede asentarse ni vencer en el mundo. Sólo el amor puede constituir las bases de las relaciones económicas, personales y sociales. En una de las últimas entrevistas que le hicieron a Vicente Ferrer le preguntaron cuál era su convicción y enseñanza, tras años de servicio a los demás, y de una forma escueta, casi sin posibilidad de réplica, contestó: “Que Dios es amor”. Tenemos que encarnar este propósito desde la Iglesia, ya que Vicente Ferrer es Iglesia, como lo es también la Madre Teresa, los misioneros repartidos por los cinco continentes, los voluntarios que visitan y cuidan a enfermos, desvalidos, prostitutas, huérfanos, drogadictos, presos, vagabundos, desde el más absoluto silencio, pero con una fidelidad infinita Todos son Iglesia. Una Iglesia acogedora, comprensiva, cálida, caritativa hasta la extenuación. Esta es nuestra Fe, este es el proyecto de evangelización para el siglo XXI. Esta es, en definitiva, nuestra esperanza, porque como dice San Pablo en la 2ª Carta a los Corintios, que me recordó recientemente mi buen amigo Manolo: “Estamos atribulados en todo, más no angustiados; en apuros, más no desesperados; perseguidos, más no desamparados; derribados, pero no destruidos; llevando en el cuerpo siempre por todos partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos. Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal”. ¿Estamos dispuestos a ello?

 

 

José Miguel Martínez Castelló

Licenciado en Filosofía y miembro de la Muy Ilustre Hermandad del Descendimiento de la Cruz

 

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En los medios de comunicación se repite hasta la saciedad que la Iglesia está alejada de la realidad del mundo, de los tiempos, del lenguaje y de las costumbres de las gentes. Se anuncian con estadísticas y estudios demoscópicos la crisis y la falta de fieles como de vocaciones sacerdotales. Pero sin dejar de valorar estas cifras y datos, no hay que olvidar que la Iglesia no aparece entre los problemas más graves de los españoles, y sí, por ejemplo, la clase política; para un 20% de la población los políticos son el tercer problema. Por tanto, el problema no es única y exclusivamente de la Iglesia. La cuestión está que en el mundo en el que hoy vivimos se ha instalado un sentimiento de vértigo y riesgo en el que la prisa nos impide reflexionar y valorar lo verdaderamente importante, aquello de lo que no se puede prescindir. Y es ahí donde la Iglesia tiene mucho que decir. A pesar de los ataques que viene sufriendo y que siempre sufrirá, tenemos que decir con humildad, pero con rigor y conocimiento de causa, que la Iglesia está donde nadie quiere estar. ¿Somos conscientes del papel que está ejerciendo la Iglesia en nuestros días, tanto en colegios, comedores sociales, centro de inmigrantes o en prisiones? Y los cristianos, ¿estamos dispuestos a seguir este legado? ¿Hemos comprendido lo que significa entenderse como seguidores de Cristo? ¿Somos y seremos capaces de transmitir y vivir la esperanza que Cristo nos anuncia en estos tiempos que parece diluirse la misma idea de Dios? En definitiva ¿nos convertiremos las cristianos en la voz de los sin voz?